Más de un mes desde que comenzase el confinamiento es suficiente para empezar a mirar hacia atrás y evaluar cómo está yendo todo. Creo que uno de los ámbitos en mi vida profesional que más ha cambiado ha sido precisamente la forma de dar docencia. La investigación que realizamos, al final se basa en leer, entrevistar, analizar y escribir, y puede hacerse perfectamente desde casa. Y de hecho, así lo hemos ido haciendo al menos desde que yo entré al ámbito académico.

Pero la docencia tiene su historia. Primero, porque el sistema de clases y evaluaciones de mi universidad, como de muchas tantas otras en España, es plenamente presencial (en este post, por tanto, no hablaré de otras instituciones que se centran íntegramente en la educación a distancia). En segundo lugar, porque la situación, al menos en Madrid, sobrevino de tal forma que fue complicado realizar una preparación previa adecuada que permitiese que todo saliese rodado. Y en tercer lugar, porque tanto quiénes están delante de todo este engranaje (los estudiantes) como quiénes nos encargamos de engrasarlo (los profesores), somos personas a las que nos está afectando la situación de forma muy diversa.

Lo que voy a comentar aquí es mi vivencia personal, y mi opinión en general sobre el ámbito universitario presencial. Y creo que es excepcional. Porque, permitidme que desde ya deje claro que con independencia de las cosas optimistas que voy a decir, dudo que lo que estamos viviendo genere profundas transformaciones dentro de la administración. O, en todo caso, que estos impactos van a ser desiguales. Es posible que lleguen a ciertos sectores de la AGE y a ciertas administraciones especiales como las universidades. Probablemente también al sector sanitario, con la tele-asistencia, una mejora de los procesos de detección a través de apps y big data, y una mayor interoperabilidad. Dudo, sin embargo, que pueda llegar con fuerza a otros ámbitos, como las entidades locales. Tampoco soy un augur así que ojalá me equivoque. De hecho, lo que creo que nos tiene que preocupar ahora es que no se generen “regresiones” en los avances que se han conseguido durante los últimos años, y a tal efecto os recomiendo leer la entrevista a Miguel Ángel Blanes en “El Independiente” donde habla sobre lo que está ocurriendo con la transparencia activa y pasiva en nuestro país.

Dicho esto, retrocedamos en el tiempo al 9 de marzo de 2020. Poned la música que os dejo a continuación. Se viene lo bueno, lo feo y lo malo.

Cuando escribía el post sonaba esta fantástica banda sonora. ¡Larga vida al maestro Ennio Morricone!

Lo bueno

El 9 de marzo por la noche, muchos whats apps echaban fuego. Nos acabábamos de enterar de que se suspendía la docencia presencial hasta, al menos, el 26 de marzo. La información que nos llegaba era escasa, y algunos al día siguiente tenían clase. El tiempo para actuar era también muy corto: el miércoles, 11 de marzo, se iniciaba la suspensión. Recuerdo muchas conversaciones por los pasillos: algunas optimistas y otras no tanto. Pero una misma inquietud: ¿qué íbamos a hacer? ¿cómo íbamos a continuar ofreciendo a los estudiantes el servicio que les prestamos?

Para mi, y siempre desde mi opinión y mi vivencia como parte de una comunidad universitaria concreta, lo bueno comenzó por la respuesta de los propios compañeros. Utilizando medios digitales, empezamos a organizarnos de acuerdo a las instrucciones que desde Rectorado, Decanato y Ministerio de Universidades iban llegando. El viernes, ya teníamos nuestra primera “reunión” virtual en la que terminábamos de perfilar qué herramientas y cómo las íbamos a utilizar, para iniciar inmediatamente la docencia la siguiente semana.

La respuesta vino de la mano de diversas herramientas. Se comenzó a emplear desde el mismo lunes la herramienta Microsoft Teams para ofrecer la docencia on-line a todos nuestros estudiantes, cargándolos previamente (o de forma automática, a través del servicio informático de la universidad). Algunas asignaturas lo implementaron para ofrecer tanto las clases magistrales (teóricas) como las prácticas. En nuestro caso, y en relación a la asignatura que imparto, nos decantamos por ofrecer Teams para clases magistrales en vivo. Estas clases quedan además grabadas, por lo que posteriormente todo aquél que no ha podido asistir puede verlas cuando desee.

Mi director, el prof. J. Ignacio Criado, dando una clase teórica a través de Teams.

Para los seminarios, que en parte ya veníamos haciendo de forma digital, optamos por emplear al 100% la plataforma Moodle que ofrece nuestra universidad. Nuestra asignatura se basa fundamentalmente en tres tipos de actividades: entrega de ensayos, debates y exámenes sobre temas concretos. Moodle nos ofrecía todo lo que necesitábamos: la entrega de ensayos ya se hacía de forma virtual y sin papel. En cuanto a los debates, habilitamos la herramienta de “foro de discusión”, de forma que pudiesen hacerlos de forma flexible. Finalmente, los exámenes tipo test fueron lo más complicado de implementar, aunque también fue posible adaptarlo gracias a la herramienta de cuestionarios y el banco de preguntas que ofrece Moodle. En todo ello, establecimos mecanismos de comunicación en vivo para momentos clave (como los exámenes o ciertas tareas escritas), de forma que pudiesen comunicarse con nosotros de forma instantánea.

La respuesta de los estudiantes fue, probablemente, otro de los componentes positivos a destacar. Desde el momento inicial, apreciamos un interés en tratar de continuar con normalidad con todas las actividades, y una proactividad increíble por parte del alumnado. Al menos en mi experiencia, el seguimiento de los estudiantes ha sido prácticamente total, y eso nos ha ayudado mucho a seguir tirando del carro.

Todo esto también puede aplicarse a la gestión diaria de la universidad, con una administración y personal de servicios activo, y órganos de gobierno de la universidad funcionando con cierta normalidad. Por ejemplo, hemos podido llevar a cabo reuniones de consejo de departamento virtuales de forma normal. Y viendo mis correos, creo que lo mismo ocurrirá en breve con las reuniones de junta de centro.

Finalmente, las capacidades tecnológicas parecen también haber estado a la altura hasta ahora. Los servidores, al menos en mi experiencia, no han sufrido caídas durante las actividades clave. Cuando se han producido, afortunadamente han sido solucionados con cierta rapidez.

Lo feo

No todo en ese proceso ha sido tan bueno. Especialmente en los momentos iniciales, he sentido deficiencias en el proceso de comunicación interna y externa. Algunos mensajes han sido extraordinariamente ambiguos, poco concisos e incluso contradictorios, justo en un momento en el que era importante dar alguna certeza, por poca que fuese. Algunos de ellos, incluso han derivado en fuertes criticas de la comunidad universitaria en redes sociales como Twitter, que no puedo más que comprender. De la comunicación al nivel más político-ministerial, mejor ni hablamos.

Otro de los aspectos que destacaría está relacionado con la gestión del tiempo, en dos direcciones. Por un lado, el intento de adaptar las actividades que habitualmente se llevaban de forma presencial al ámbito virtual ha supuesto una necesidad de aprendizaje adicional, en algunos casos más pronunciado que en otros. En gran parte, es probable que ello se deba a que en algunas ocasiones hemos tratado de reproducir fidedignamente las especificaciones de las actividades que hacíamos de forma presencial en digital. En mi caso, por ejemplo, me encontré trabajando horas por cada grupo en cargar preguntas con penalización en Moodle, cuando habitualmente tardaría 30 minutos en imprimirlas en papel y entregarlas a los estudiantes. Todo esto ha generado una carga adicional de trabajo considerable para los profesores, a la que se debe sumar que las actividades de investigación en muchos casos han continuado, incluso tras la suspensión de algunos congresos.

La otra dirección creo que afecta especialmente a aquellas personas que se encuentran por primera vez con el teletrabajo, y comienzan a convertirlo poco a poco en una especie de actividad 24/7. Me parece que esto pone de manifiesto que, incluso en la universidad, que creo que es una institución donde el teletrabajo llegó parcialmente hace tiempo, sigue predominando una cultura de una cierta presencialidad. Creo que es una cuestión que no debería costar subsanar, y en la que los estudiantes también deben implicarse.

Finalmente, creo que es posible que esa carga de trabajo se haya podido también pasar a los estudiantes. Al adaptar ciertas actividades, cabe la posibilidad de que los profesores no hayan medido bien, y se esté sobrecargando excesivamente al alumnado. Ante esto, creo que hay que intentar ser comprensivos, y al menos, evitar realizar excesivas variaciones de trabajo en relación con lo previsto antes del confinamiento.

Lo malo

Creo que todavía no le hemos visto las orejas al lobo. Pero podría pasar. La primera inquietud que tengo está directamente vinculada al fenómeno conocido como “brecha digital”. ¿Están todos los estudiantes pudiendo hacer el seguimiento digital del curso como corresponde? Creo que dar como respuesta un porcentaje del 99% en este caso debería considerarse como un fracaso, en pleno año 2020 y con las capacidades tecnológicas y el tiempo que se ha tenido para fomentar este tipo de inclusión. Esta dificultad de acceso va también por la falta de conexiones de calidad en alta velocidad o la compartición de un único dispositivo por unidad familiar. El acceso digital debe considerarse como un derecho fundamental.

La segunda está vinculada a la posible realización de los exámenes finales a través de un medio virtual. Por estar directamente vinculado a la brecha digital y por el importante peso que tiene todavía en nuestros sistemas de evaluación (en algunos casos, de hasta el 70% de la calificación). Me preocupa también que los estudiantes, acostumbrados al sistema presencial, hayan aprendido bien. Me preocupa que sepamos adaptar correctamente las pruebas, y que sus resultados reflejen correctamente el aprendizaje. Que las infraestructuras tecnológicas sepan aguantar la gran cantidad de exámenes simultáneos que habrá que realizar si se mantienen las fechas. Que podamos encontrar formas de realizar una revisión de examen justa.

Me preocupa el futuro. De la universidad, porque pienso que podemos aprovechar para salir fortalecidos e incluso mejorar nuestros servicios. Pero también del conjunto del país. Cabe como primer pensamiento creer que de esto sacaremos un aprendizaje, que estaremos mejor preparados, que conseguiremos extraer lecciones clave y que, al final, la crisis que sufrimos estos días se habrá convertido en una oportunidad. Pero, ¿y si no? El “y si no” siempre es insufrible.

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